Por Mariano Cabrero
Fuente Original: Data Reg
Adolfo Suárez ex presidente del Ejecutivo español. Y es que el primer gobierno de la democracia española salida de las urnas (15 de julio de 1977), fue presidido por Adolfo Suárez (UCD). Pero en mi humilde opinión se pagó un preció muy alto: la creación de las ‘17 autonomías españolas, cuyos presidentes actuales los considero como ‘Virreyes': la democracia tenía un precio.
Y así es que, los que depositamos nuestros votos en las urnas, nos equivocamos muchas veces, puesto que en nuestro sistema actual de votación no nos permite votar a las personas, y sí a los partidos políticos( quienes se debían de financiar por sus propios medios). Entiende uno que, sin duda, muchos de nosotros tenemos fe y más información de las personas que de los partidos políticos operantes en España.
Nuestra incipiente democracia, y así ocurre con otras democracias, lleva inherente en sí misma un impedimento o peligro en el que estamos cayendo últimamente: trasladamos el concepto de democracia (libertad) a todas nuestras intervenciones personales, sean o no sean políticas. Yo puedo hacer..., yo tengo razón para..., yo estoy amparado por..., yo necesito una casa para..., etc.etc.
Mas ninguno de nosotros, o posiblemente el que suscribe así lo cree, podemos decir que, aún siendo imperfecto el concepto de ‘democracia', es el sistema menos malo para la buena gobernabilidad de los países.
No obstante, lo substancial de una democracia, y a mi modesto entender, consiste en que, los ciudadanos–con sus votos–, han elegido, y por un período de tiempo, a quienes pretenden que les gobiernen: bien, regular o mal..., pero que les gobiernen hasta las próximas elecciones generales. Cuando no estamos conformes con los resultados de las votaciones, sin duda, tendremos que esperar para volver a votar a las personas que creemos más idóneas para representarnos, y digo personas, que no partidos políticos a quienes en la actualidad estamos votando en España.
Sin embargo, los gobernantes que salgan elegidos pasarán–como lo hacen las aguas de cualquier río al desembocar en el mar–. Y es que también pasó Hitler( ese enfermizo y lunático hombre político), quien llegó al poder mediante las urnas y los pactos: urnas y votos, pactos y votos...Todo se aprende en una asignatura ,que la tenemos que tener siempre al día: El arte de la política, porque la política es un arte: el arte de hacer felices a los demás, el arte de beneficiar a la sociedad a la que se está gobernado, el arte de no engañar a los votantes, el arte de declarar los bienes patrimoniales cuando se entra a gobernar y cuando se sale( equivale a ser honestos y honrados)... Pero uno se pregunta si nuestros gobernantes españoles actuales (incluyendo al jefe de la Oposición) no estarán olvidando esa asignatura pendiente de ‘El arte de la política': Quizá uno se equivoca, y lo hago muchas veces al día, y éste consista en salir con los bolsillos llenos de ideas y promesas no cum!
plidas y rotos por el peso que conllevan..., y ya me callo.
(Este ‘Arte de la Política', y como Dios manda, lo practicó Barack Obama, quien salio elegido ‘44. º Presidente de los Estados Unidos de América', mediante las urnas, y estas urnas nos dijeron: Ya nadie tendrá la osadía de preguntar por "ese negro" de la Casa Blanca, porque el elegido presidente, y en su fuero interno, presuntamente pudo pensar: "Si preguntan por mi, me llamo Barack Obama".)
"Las 17 autonomías españolas..."
Y es que el primer gobierno de la democracia española salida de las urnas (15 de julio de 1977), fue presidido por Adolfo Suárez (UCD). Pero en mi humilde opinión se pagó un preció muy alto: la creación de las ‘17 autonomías españolas, cuyos presidentes actuales los considero como ‘Virreyes': la democracia tenía un precio.
Ellos si saben cómo vivir La vida..., pero no se acuerdan de los parados, de los sin techo, de los desheredados de la fortuna, de los militares que fallecen en guerras que no tienen justificación: Irak, Afganistán... (Quizá éstas le interesen a los EE UU, por ser el primer productor de armas del mundo).
Debo recordar, pues así me lo dicta mi memoria que, siendo los hombres/mujeres políticos actuales poco preparados: algunos no alcanzan el nivel natural de bachillerato (no obstante, se puede ser persona sin tener muchas luces), todos nuestros gobernantes y los políticos en la oposición saben, cuando jóvenes, afiliarse al partido político de turno (PSOE, PP, CiU...), y dejar pasar loas años... para jubilarse tranquilamente sin miedo a lo desconocido: ¡El terrible paro obrero!
No hay más que ir y esperar. Esperar y ver cuando salen los políticos de esos lujosos edificios donde se asientan las autonomías españolas (en número de diecisiete, que existen en nuestra "España pobre"). Ellos y ellas elegantemente vestidos como jamás pensaron: con trajes de alpaca los primeros, con modelos ‘loewe' las segundas: todos, desde luego, últimos modelos, y pagados con los dineros de los contribuyentes españoles. ¡Bonito panorama el que describo! Son, sin duda, historias para no dormir.
Y vuelve uno a insistir: Puede que hoy me haya levantado con el pie izquierdo. Y os digo más: sé qué existen políticos/ as honrados/ as en nuestra geografía española: no lo pongo en duda, ¡faltaría más! Pero continúo diciendo: sé que la democracia-como forma de gobierno menos mala-debe ser dirigida por políticos, pero prefiero que estos últimos sean honrados y honestos. Sé qué que para aceptar nuestra incipiente democracia nacida en 1978, y todos lo sabemos, hubo que aceptar el establecimiento de 17 autonomías y dos ciudades autónomas( Ceuta y Melilla), las cuales han resultado ser, económicamente hablando, nefastas para España y sus ciudadanos. ¡Qué costosas nos están saliendo unas y otras! Tenemos 17 virreyes en la Península Ibérica.
Pues hablando de nuestros políticos de turno todos esperábamos de ellos (oposición incluida)) que fueran unos buenos gestores de la ‘cosa pública, unos buenos administradores, unos excelentes parlamentarios...En fin: líderes que estuvieran en la vida política por su estima y competencia en la vida privada, y esto me parece que no está así ahora, y en España
Sí sabrán nuestros actuales gobernantes y políticos de la oposición, en cualquier caso, cómo vivir la vida sin dar ni golpe-salvo raras excepciones-, pernoctando, en este valle de lágrimas, a cuerpo de rey, y jubilarse-dejando pasar el reloj del tiempo, que marcará nuestras perecederas vidas. ¡Viva la vida!
Deberían existir unas elecciones primarias dentro de los partidos políticos actuales españoles, para después poder votar, y en las ‘Elecciones Generales' , mediante el sistema de listas abiertas: Ésta entiende uno, que sería una democracia totalmente libre: Qué no tuviese poder sobre el sistema judicial, qué no tuviese poder sobre la TVE, qué implantase, y de una vez por todas, el idioma español como herramienta principal para la enseñanza( respetando los demás idiomas autonómicos: catalán, vasco, gallego...etc.etc. Enseñando los anteriores mediante una gramática de los mismos, para su conocimiento y desarrollo).
"Quiero que mis hijos sepan castellano y catalán, pero también alemán e inglés", declaró el bueno de Montilla (Josep, José y nacido en Córdoba) a Onda Cero. Y sus hijos lo pueden hacer en el Colegio Alemán, pues Montilla tiene euros suficientes para poder pagar.
Por su parte Anna Hernández Bonancial no se quedó corta al respecto, declarando que dos de sus tres hijos gemelos van al ‘Colegio Alemán'. Al final manifestó: "Los niños saldrán de allí dominando perfectamente el alemán y el inglés". Y uno dice: Los demás españoles y catalanes, aunque algunos prefieran ser antes catalanes que españoles, tendrán que estudiar todas sus asignaturas en idioma catalán: les vendrá muy bien el saberlo en profundidad, para cuando se dirijan a la Comunidad Europea.
Así es España amigos míos, todos unidos y cada uno hace lo que quiere y desea en su comunidad autónoma. Pero claro esta: todo dentro de la ley…
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domingo, 12 de febrero de 2012
La memoria de todos
Por Pedro Aparicio
Fuente Original: Asociación de la Prensa de Málaga
...me dirigí a Adolfo Suárez, impulsado por el afecto que sentía hacia él y que había aumentado tras la injusta desconsideración con que le despidió una opinión pública voluble, manejable y despiadada
El olvido, ese emisario de la muerte, ha invadido la deshabitada existencia de Adolfo Suárez. Yo soy uno de los 'conquistados' por el encanto personal de quien fue un presidente tenaz y valeroso. Al comenzar los años ochenta hablábamos por teléfono un par de veces al mes. Ante cualquier problema municipal me llamaba él y, si era yo quien le necesitaba, le tenía al aparato antes de un minuto. Aclaro que, obviamente, no era al alcalde de Málaga a quien el presidente del Gobierno atendía -aunque alguna vez aproveché la ocasión para asuntos de mi ciudad- sino al representante de los ayuntamientos, pues mis colegas me habían elegido presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias. Gracias a la intervención personal de Suárez solucionamos muchas urgencias municipales.
Pero fue al conocernos personalmente, cuando Suárez me sedujo. Fue un domingo en el Parador del Golf. El presidente venía a Málaga para almorzar con los suyos de la Unión de Centro Democrático andaluza, que celebraban así una victoria electoral. Su gabinete me había invitado días antes -«aunque va a una reunión con su partido, el presidente quisiera saludarle un momento al llegar»- así que acepté la cita, resignado a afeitarme y encorbatarme ¿un domingo más!, pero bien dispuesto a corresponder a su cortesía saludándole durante un par de minutos.
Dos centenares de directivos regionales y locales, senadores, diputados y alcaldes de UCD, y yo con ellos, esperábamos al presidente en el Parador. La espera era larga a causa de un retraso en el vuelo. Por fin, pasadas las dos de la tarde y entre un revuelo de periodistas y flaxes, entra Adolfo Suárez con su sonrisa y su impecable camisa blanca. Todos se adelantan hacia él mientras yo permanezco, pues así lo creo prudente, en una segunda o tercera fila. Cuando se hace algún silencio, lo primero que dice Suárez es: «¿ha venido el alcalde?», y cuando los demás asienten y me señalan, me saluda amistosamente por mi nombre de pila y ante mi sorpresa, y quizá la de todos, me dice «vamos a hablar un rato a solas, si estos señores nos disculpan».
Nos pasaron a una pequeña sala en la que estuvimos los dos ¿casi una hora! -él bebiendo café a pesar de su inminente almuerzo- hablando de Málaga, de ayuntamientos y de política. Yo me ofrecía a ir esa tarde al aeropuerto para acabar nuestra conversación, pues me daba apuro pensar en tanta gente esperando, pero él me retenía, animoso, cordial e interesado en cada tema. ¿Quién no sucumbe ante tales dotes de cortesía personal e institucional?
Muchos años después y tras doce sin vernos -eran ya los noventa- encontré a Suárez en un acto en Madrid, homenaje de los investigadores a uno de mis maestros, el bioquímico Martín Municio. Al acabar me dirigí al ex-presidente, impulsado por el afecto que sentía hacia él y que había aumentado tras la injusta desconsideración con que le despidió una opinión pública voluble, manejable y despiadada. Me disponía a presentarme, recordándole mi nombre y mi antigua relación con él cuando, antes de que yo hablara y apretándome ambas manos, exclamó alegremente: «¿Pedro, qué placer verte! ¿Qué tal por Málaga?» Todo un alarde de memoria y amabilidad.
Así era humanamente Adolfo Suárez. He querido recordar con admiración a quien ya no tiene esa memoria, ni tampoco otras facultades -audacia, simpatía, paciencia, decisión- que le permitieron ser un gran presidente. Lo que no ha perdido, estoy seguro, es su bondad, su sonrisa y su mirada limpia. Aunque él no lo sabe, ya está para siempre en la Historia. Y también en la memoria, mientras nos siga funcionando, de varias generaciones de españoles.
Así empezó el 'café para todos'
Por Enric Juliana
Fuente original: La Vanguardia
¿Cómo le va a usted, Suárez?, preguntó Francisco Franco al joven gobernador civil. Turrubuelo, Segovia, 4 de julio de 1968. El general se había desplazado a este pequeño pueblo castellano, a la altura de Sepúlveda, para inaugurar una modesta estación de ferrocarril de la línea Madrid-Burgos. El gobernador tuvo una rápida respuesta. Llevaba meses esperando aquel momento. Era ambicioso. Quería llegar lejos.
–No sé qué decirle, Excelencia– respondió Adolfo Suárez González con su perenne sonrisa de joven promesa del Régimen.
–¿Qué quiere decir?
–Que no sé, Excelencia, si los segovianos querrán sentirse ciudadanos de segunda clase...
Franco ni se inmutó, como era habitual en él, pero dejó escapar un breve susurro: “Venga a verme...”.
Al cabo de unas semanas, Suárez insistía ante el Generalísimo en el papel que podía tener Segovia en la descongestión de Madrid y obtenía una nota dirigida a Laureano López Rodó, a la sazón ministro comisario del II Plan de Desarrollo, para que fuese calificada como provincia de “acción especial”.
La anécdota es rigurosamente cierta y está extraída del libro 'Adolfo Suárez, ambición y destino' (Debate, 2009), del periodista Gregorio Morán, sin duda la mejor biografía que se ha escrito (en 1979, revisada posteriormente) sobre el hombre que conservaba las claves decisivas de la transición en una memoria hoy imposible de descriptar. Adolfo Suárez tuvo siempre una gran voluntad de poder. Y dispuso de una habilidad innata para captar el pálpito de un país que había dejado de pasar hambre y comenzaba a intuir horizontes de mejora.
“¡No vamos a ser menos!”. En el gobierno civil de Segovia nació la filosofía profunda del café para todos.
Fue un proceso complejo. No es verdad que la actual división de España en 17 autonomías sea fruto de una directa imposición militar, temerosa de los ecos de la Segunda República, que sólo aprobó los estatutos de Catalunya y el País Vasco y no llegó a tiempo de refrendar el de Galicia. Transmitido de generación en generación, ese tópico amenaza con desfigurar la génesis de la descentralización española, hoy sometida a una arrolladora campaña de desprestigio, con foco en el Gran Madrid, distrito federal. Ante la demagogia rampante, no está de más repasar cómo empezó todo. Y descubrir que España estuvo a punto de emprender otro camino: más atento a la tradición, más historicista, más asimétrico, quizá más prudente; menos homogeneizador. Para ello conviene establecer como primera verdad que el ejército vencedor de la guerra 1936-1939 era, ante todo y por encima de todo, partidario de mantener la tutela militar sobre el poder civil, aun aceptando una lenta democratización del país. ETA mataba casi cada semana y cualquier mención a la autonomía –una, dos, tres, o diecisiete–, provocaba malestar en los cuarteles. El café para todos fue entendido como una jugada hábil por los altos oficiales más inteligentes, pero el brebaje se calentó en otros fogones y por otros motivos. Por otras astucias.
En marzo de 1977, cuatro meses antes de las primeras elecciones democráticas, Adolfo Suárez celebró un almuerzo en Madrid con su fiel colaborador José Manuel Otero Novas, entonces jefe de la subsecretaría técnica de la Presidencia del Gobierno, y varios técnicos de la fontanería de la Moncloa. La comida tuvo lugar en el restaurante Casa Gades, propiedad del fallecido bailarín Antonio Gades, en el número 4 de la calle Conde de Xiquena, en la zona ministerial del paseo de la Castellana. Suárez –lo cuenta Morán en un perspicaz pie de página– deseaba celebrar el redactado final del primer borrador de la Restauración. El borrador constitucional que la Unión de Centro Democrático pondría sobre la mesa si lograba ganar las primeras elecciones libres. La sombra protectora de Torcuato Fernández Miranda, el estratega que ideó la ley de Reforma Política para proceder a la autodisolución de las Cortes franquistas, se paseaba por el comedor. Estaban contentos. Y en un arrebato de alegría decidieron bautizar el documento como la 'Constitución Gades'. Podían haberle llamado la 'Constitución de Torcuato', pero eran tiempos de reinvención. Antonio Gades, miembro del Partido Comunista de España, amigo íntimo de Fidel Castro y compañero sentimental de la cantante Marisol, era entonces uno de los hombres de moda en España. Era un gran bailarín.
La 'Constitución Gades' consideraba una España distribuida en dos pisos: tres estatutos de corte federativo y de distinta sustancia (Catalunya, País Vasco y Galicia) y una amplia desconcentración administrativa en el resto del país, con regiones sin potestad legislativa. Tres estatutos especiales y catorce o quince regiones sin parlamento. Una asimetría similar a la de la Constitución italiana de 1948 (cinco estatutos especiales: Sicilia, Cerdeña, Valle de Aosta, Trentino-Alto Adigio y Friuli-Venecia Julia), que a su vez se inspiró en la experiencia republicana española. Así lo explica Otero Novas en el libro 'Asalto al Estado' (Biblioteca Nueva, 2005), obra en la que este veterano político democristiano, nacido en Galicia y dos veces ministro con Suárez (Presidencia y Educación), ha querido reivindicar la existencia de un documento que al salir de la flamenca Casa Gades nunca más vio la luz.
El Rey estaba a favor de ese planteamiento, sin duda inspirado desde la lejanía por Fernández Miranda. Lo cuenta el periodista Abel Hernández en un libro de reciente aparición sobre las relaciones entre el Monarca y el primer presidente de la democracia ('Suárez y el Rey, Espasa', 2009). Cronista de 'Informaciones' y posteriormente director del diario católico Ya, amigo de Suárez y bien considerado en el entorno del Rey, Hernández ha escrito un libro amable, que en la página 126 afirma lo siguiente: “El Rey prefería que en vez de la España autonómica y el café para todos se procediera a una descentralización administrativa, una especie de mancomunidad de diputaciones, con la excepción del País Vasco y Catalunya, a los que no había más remedio que darles autonomía. Pero el monarca se plegó también en esto a la voluntad general, después de no pocos contactos con unos y con otros y largas conversaciones con el presidente, no siempre de guante blanco”.
“Excelencia, no vamos a ser menos”. Suárez, ágil y sinuoso, tenía buen olfato para el pálpito de la España desarrollista y, por si le fallaba la nariz, en 1977 –meses después de la comida en Casa Gades– nombró ministro adjunto para las Regiones a un catedrático andaluz que tampoco quería ser menos. Manuel Clavero Arévalo: el inventor de la cafetera. El profesor Clavero no formaba parte de la Empresa, nombre coloquial con el que se conocía al principal núcleo dirigente de la UCD, pero Suárez le respetaba. Había sido profesor suyo de Derecho Administrativo en la Universidad de Salamanca (también lo fue de Felipe González en Sevilla). Miquel Roca, ponente constitucional de la Minoría Catalana e introductor del término nacionalidades en el controvertido artículo dos, le asigna un papel clave en la generalización del proceso autonómico. “Con todos mis respetos para Otero Novas, debo decir en este asunto quien más influyó fue Clavero, hasta el punto de romper con la propia UCD por la cuestión de Andalucía en 1980”.
Suárez guardó la Constitución de Gades en un cajón. No quiso que la discusión girase alrededor de un texto de UCD. Quizá no podía. Su partido presentaba problemas de cohesión y el PSOE, bien asentado por las elecciones de 1977, seguramente no lo habría aceptado. Felipe González exigía una Constitución prolija y una discusión abierta. La partida se jugaba en varios tableros y Andalucía, la región más poblada de España y con mayor número de diputados en el Congreso (61 sobre 350), iba a ser decisiva.
Clavero encarnaba un regionalismo andaluz de corte pequeño burgués, muy receloso del hegemonismo industrial de Catalunya. Era llegada la hora de la igualación. “No vamos a ser menos”. Ejercía el profesor una notable influencia sobre Alejandro Rojas-Marcos (también alumno de Derecho), promotor del Partido Socialista de Andalucía (PSA), edificado al margen del PSOE y para competir con él. Una UCD de fuerte acento andaluz y el PSA eran una pinza temible para el joven núcleo sevillano que aspiraba gobernar España cuanto antes. En un momento dado, Alfonso Guerra, táctico de primer orden, tomó la decisión: el PSOE levantaba la bandera verde y blanca (la enseña de los Omeyas) y exigía la convocatoria de un referéndum para sumar la gran región del Sur al grupo de las comunidades históricas, en el marco de una Constitución finalmente muy ambigua al respecto. El proceso se escapaba de las manos de Suárez, ahora debilitado en su magmático partido. El Gobierno centrista pidió el voto negativo y perdió la consulta del 28 de febero de 1980 (con un escrutinio dudoso en Almería). Clavero Arévalo dimitió, apuntillando a UCD. El PSOE había ganado la partida. Y en España corría la voz: “¡No vamos a ser menos!”.
José Rodríguez de la Borbolla, presidente de la Junta de Andalucia entre 1984 y 1990, regionalista convencido, socialista a fuer que sevillano de vieja raigambre (nieto de un ministro de Alfonso XIII), rechaza la acusación de tacticismo: “No aceptábamos privilegios y pusimos las bases de un federalismo que España debe acabar de desarrollar”.
Con el intento de golpe de Estado vino el frenazo. La Loapa. El pacto de contención UCD-PSOE de julio de 1981. La igualación por abajo (“No vamos a ser menos”), teorizada por el catedrático Eduardo García de Enterría y Martínez-Carande, jacobino de fina pluma. Algo amortiguados los ecos del 23-F, el Tribunal Constitucional presidido por Manuel García Pelayo derogó en 1983 catorce de los 38 artículos de la ley armonizadora, sentando las bases de una igualación por arriba, plasmada en el pacto PSOE-PP de 1992 y ribeteada por dos decisiones de José María Aznar de verdadero alcance: la transferencia del tráfico a los Mossos d'Esquadra, con el consiguiente refuerzo simbólico del espacio nacional catalán, y la prórroga indefinida de la ley reguladora del concierto vasco (excepción fiscal para la eternidad). En una vida anterior, Aznar casi, casi fue confederal.
José Luis Rodríguez Zapatero prometió lo que prometió en el 2003, abriendo un nuevo y compulsivo proceso de emulación (“No vamos a ser menos”); atrapado ahora por una crisis económica cuya brutal magnitud pocos previeron. El café se está volviendo amargo y España sabe que deberá ser replanteada. ¿Constitución de Gades?
Sobre Suárez y el Rey, el libro de Abel Hernández
Por Alberto Recarte. Fuente original: Libertad Digital
Tiene el autor la ventaja sobre los que han escrito sobre este tema –con la excepción de Josep Meliá– no sólo de haber estado presente, como periodista, cuando tuvieron lugar buena parte de los hechos, sino la de haber participado activamente en la formación de la opinión pública en los momentos más importantes de la Transición.
Es un libro fácil de leer, y engañoso; porque el lenguaje directo, el tono amable y el deseo de resaltar la condición de personas honorables de los protagonistas, enmascaran la dificultad de las relaciones personales entre el Rey y Adolfo Suárez durante buena parte de los casi cinco años en que éste fue presidente del Gobierno. Es, por otra parte, un libro que incorpora nuevos datos sobre la Transición y sobre las circunstancias que llevaron a Adolfo Suárez a presentar su dimisión.
Yo sólo conozco una parte de las relaciones entre Adolfo Suárez y el Rey: el periodo que el autor denomina "El desencuentro", que comienza –al margen de otras discrepancias previas– después de la aprobación de la Constitución y de las elecciones de 1979.
Hay muchas otras personas que saben mucho más que yo sobre estos temas. Y creo que uno de los mayores activos del libro de Abel Hernández es que ha consultado con ellos, por más que no hayan querido identificarse en el texto con declaraciones expresas.
Creo que este libro es una prueba más de que Adolfo Suárez fue un extraordinario gobernante, tanto durante su mandato como presidente no elegido democráticamente, como después de las elecciones de 1977 y de 1979.
Adolfo Suárez se enfrentó en los últimos años de su mandato a cinco problemas. El terrorismo de ETA, el golpismo de parte del ejército, la no aceptación por parte del PSOE de su segunda derrota electoral, que se manifiesta en una campaña legítima de acoso y derribo y otra ilegítima de búsqueda de soluciones al margen de la Constitución para alcanzar el poder; en cuarto lugar, el enfrentamiento entre los principales políticos de la UCD, que criticaban a Adolfo Suárez con ideologías que iban desde la socialdemocracia hasta un supuesto liberalismo de raíces americanas, pasando por la democracia cristiana, vaticanista o no, y el ultramontanismo de los que sostenían que la "mayoría natural" estaba con Manuel Fraga, uno de los grandes perdedores de las elecciones del 77 y el 79. El quinto problema es el que se expone con detalle en este libro: el papel del Rey en el nuevo orden constitucional, sobre el que, en mi opinión, diferían Adolfo Suárez y el propio monarca.
Se ha criticado a Adolfo Suárez su silencio en las discusiones parlamentarias, que constituyen el núcleo fundamental de una monarquía de esa naturaleza. Ese silencio tuvo que ver, en parte, con la incomodidad que le producían los debates abiertos sobre temas en los que se sentía inseguro, amén de que temía el enfrentamiento entre los españoles recién llegados a la democracia. Pero, en su mayor parte, la razón residía en que el grueso de su agenda como presidente del Gobierno se centraba en cómo derrotar al terrorismo de ETA, cómo convencer a los partidos nacionalistas y a la izquierda nacionalista del PSOE de que condenaran con mayor rotundidad la violencia separatista y cómo mantener la disciplina en el ejército, pues tras la aprobación de la Constitución y las elecciones de 1979 los militares golpistas sabían que contaban con poco tiempo para impedir la consolidación de un régimen democrático. Las preocupaciones de muchos militares, golpistas o no, eran el continuado terrorismo de ETA, a pesar de habérsele concedido dos amnistías, una general y otra específica, la eclosión de planteamientos separatistas y la ambigüedad de la izquierda ante este fenómeno, además del rechazo a reducir el papel del ejército a lo que disponía el texto constitucional.
El gran acierto de Adolfo Suárez como gobernante fue el convertirse en el garante del orden constitucional: él fue el político que primero y más profundamente interiorizó la división de poderes y el respeto a la ley que consagraba la Constitución. Y lo hizo antes que el Rey, quien no fue capaz, en mi opinión, de aceptar con la prontitud necesaria ni que sus competencias se habían reducido drásticamente en la Constitución, ni que Adolfo Suárez había pasado de ser su mejor aliado para desmontar el franquismo a representar, con un apoyo parlamentario mayoritario, al pueblo español por encima del papel que había correspondido hasta ese momento a la Corona. Las quejas de muchos militares ante la intensificación de los ataques terroristas y la falta de reacción de casi todos los partidos ante este fenómeno se dirigieron al Rey, al que consideraban su jefe militar, por encima del poder que correspondía legítimamente al presidente del Gobierno. Y el Rey, erróneamente, se convirtió en cauce de esas críticas, en lugar de renunciar a un protagonismo que ya no le correspondía. Un protagonismo que tenía profundas raíces, pues la transformación del régimen franquista en una monarquía parlamentaria fue posible porque el núcleo fundamental del ejército aceptó ese cambio por el respeto que tenían al Rey, al que consideraban como su auténtico jefe supremo, por encima de lo que representaba el Parlamento y el presidente del Gobierno que era, para muchos mandos militares, un traidor.
Las vicisitudes de la carrera militar de Armada explican cómo los desaciertos del Rey en sus relaciones con algunos mandos militares les envalentonaron hasta el punto de creer que el propio Rey aprobaría una intentona golpista. Afortunadamente, la reacción del Rey el 23-F desarmó a los golpistas y dio la razón a Adolfo Suárez en su duro contencioso con el Rey respecto al reparto de competencias entre la Corona y la presidencia del Gobierno.
Lo que quiero resaltar es la suma de problemas a los que se enfrentaba Adolfo Suárez en solitario. No se trataba sólo de la inevitable soledad del poder, sino de gobernar con un partido en el que los dirigentes de las distintas ideologías que se habían integrado en UCD actuaban como si el terrorismo, el golpismo y la transformación del régimen político del franquismo a la democracia hubieran terminado. Y soledad frente a la campaña del PSOE, que llegó hasta la búsqueda de soluciones al margen del orden constitucional. Y soledad frente a la oposición del Rey, crítico con Adolfo Suárez por no ser suficientemente contundente con los que ponían en riesgo la unidad de España, pero comprensivo con un PSOE que aseguraba la estabilidad a la Corona, aunque en su comportamiento político fuera mucho menos decidido que Adolfo Suárez. Una contradicción que tiene que ver, en mi opinión, con la difícil compatibilidad entre la defensa de la Corona y el ejercicio firme de las competencias que implica la Jefatura del Estado.
Esa soledad, descrita en el libro del Abel Hernández, fue muy diferente de la del gobernante que se encierra en una torre de marfil y pierde el contacto con la población. Era una soledad que no podía explicarse. O quizá sí, pero Adolfo Suárez decidió que la profundidad de los apoyos al terrorismo por parte del nacionalismo separatista no debía discutirse en el Parlamento. Decidió que las sucesivas intentonas de golpe no debían, tampoco, discutirse en el Parlamento. Decidió que había que dar tiempo a la mayoría de los partidos nacionalistas y de izquierdas, en particular al PSOE, para que aceptaran plenamente el nuevo orden constitucional. Y, en consecuencia, tampoco se discutieron en el Parlamento las dificultades que suponían los planteamientos rupturistas de muchos partidos con representación parlamentaria.
Adolfo Suárez prefirió intentar convencer de que era necesario acatar la Constitución. Nunca quiso plantearse siquiera, y quizá fue un error, que los conflictos en una democracia hay que discutirlos públicamente y que los comportamientos ilegales de militares golpistas y de civiles revolucionarios o separatistas, aunque estuvieran encuadrados en partidos políticos con representación parlamentaria, debían resolverse aplicando sin contemplaciones las soluciones que preveía la propia Constitución. Quizá la sombra del fracaso de la Segunda República le pesó demasiado. O quizá no, porque finalmente, aunque a costa de su salud, su prestigio y su carrera política, consiguió que los mandos militares golpistas se doblegaran ante el poder civil.
Lo que no consiguió, desgraciadamente, fue una Constitución que asegurara que la estructura fundamental del Estado no fuera modificada subrepticiamente excepto por medio de un referéndum con todas las garantías. Pero este defecto no podía subsanarse sin el apoyo de un PSOE que era, en 1978, un partido que concebía España como una confederación de naciones.
Esos años son los años que Abel Hernández titula como los del "desencuentro" entre el Rey y Adolfo Suárez. Años terribles, años en los que ETA asesinó a cientos de personas. Años en los que el propio Rey, los partidos políticos, el ejército y el poder judicial tuvieron que adaptar su comportamiento a lo que exigía, con todos sus defectos, la Constitución de 1978. Y de todos ellos el que tuvo más claro que era imprescindible el sometimiento a la ley suprema de todas las instituciones fue Adolfo Suárez. Él, como presidente del Gobierno, llegó hasta la dimisión porque, en sus propias palabras, "no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España".
¿Dónde estás Adolfo Suárez? (I):Lo que el Rey me ha pedido
Por: Antonio Checa Pérez. Fuente Original: Criterio Liberal
“Hice lo que tenía que hacer”.
“Puedo prometer y prometo que nuestros actos de gobierno constituirán un conjunto escalonado de medidas racionales y objetivas para la progresiva solución de nuestros problemas.
Puedo prometer y prometo que trabajaremos con honestidad, con limpieza y de tal forma que todos ustedes puedan controlar las acciones de gobierno…”
[Discurso de Adolfo Suárez en TVE/14 de Junio de 1977/Extracto]
ADOLFO SUÁREZ GONZÁLEZ (Cebreros,Ávila, 25 de septiembre de 1932).
Hace unas semanas se emitió en A3 la miniserie “Adolfo Suárez, Presidente”, seguida de unos Documentales que aclaraban aspectos menos claros o no explicitados en aquella.
En ella se hace repaso a la vida del, a mi juicio, personaje clave de la Transición democrática en España que, además, muestra el contexto político y social en que se desarrolla, aludiendo a otros personajes también muy importantes como el Rey, Torcuato Fernández-Miranda, Gutiérrez Mellado, Felipe González, Carmen Díaz de Rivera, Abril Martorell, Francisco Fernández Ordóñez, Joaquín Garrigues,…, sin olvidar a su inseparable mujer Amparo Illana.
La 1ª parte me pareció muy buena, y creo que le hace justicia como persona (humana, sencilla, sensible y amistosa), y político (ambiciosamente sano, dedidido a traer la democracia, leal y legal).
La 2ª y última refleja la dureza de la política y como la afrontó: así fue con él la realidad y las traiciones de muchos, pura lección política, sin olvidar sus dramas familiares y personales que probablemente le afectaron hasta llevarle a su situación física actual que casi todos lamentamos.
Claro que mi opinión puede parecer algo parcial sobre una persona que admiré, admiro y admiraré siempre, al gran Presidente del Gobierno de la ejemplar Transición política española, al que incluso tuve la fortuna de conocer personalmente en mi condición de Secretario General de UCD-Asturias pues, no olvidemos, que él era el Presidente de dicha formación: hombre cordial, honesto y gran estadista.
Sobre Adolfo Suárez se han escrito infinidad de libros, artículos y documentales, y ha sido estudiado y puesto como ejemplo de su paradigmática conducción de un modelo autoritario a otro democrático, en múltiples Universidades.
Pero el objeto este atículo no es repasar su vida y su brillante contribución política, sino rendirle un homenaje con una metafórica reflexión inducida en el título ¿Dónde estás Adolfo Suárez?, sobre ¿que pensaría y cómo actuaría en una situación tan declinante como la actual?
LO QUE EL REY ME HA PEDIDO.
Hay una actuación capital pero poco conocida y es que, entre la muerte de Franco (noviembre de 1975) y la aprobación de la Ley para la Reforma Política (noviembre de 1976), transcurre un año que cambió España y admiró al mundo, dándose un muy difícil paso para convertir un gobierno autoritario en otro democrático, de forma pacífica, sin violencia y “de la ley a la ley”.
El artífice legal fue el catedrático y político asturiano Torcuato Fernández-Miranda Hevia (1915-1980), entonces Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, a cuya salida de la última sesión de éste se le atribuye la enigmática frase: “Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido”, refiriéndose a que, en la terna presentada para sustituir al Presidente Arias Navarro, incluía un nombre aparentemente no tan relevante como el de los otros dos, Adolfo Suárez González quien, “contra todo pronóstico”, sería el elegido y que, previamente siendo Ministro, había defendido la antes citada Ley para la Reforma Política, aprobada por gran mayoría de los entonces Procuradores.
En las Cortes citó unos versos de Antonio Machado que no me resisto a indicar:
“Está el hoy abierto al mañana
mañana al infinito
Hombres de España:
ni el pasado ha muerto
ni está el mañana ni el ayer escrito”
FINAL.
Cuando en próximos Artículos haga referencia a las políticas gubernamentales (“política de naipes”) con modelos poco reales y sin futuro, provocando tensiones políticas y sociales innecesarias y hace años evitadas, gobernando con dudosas minorías y excluyendo a mayorías, y promoviendo “visiones” para las que la sociedad no está preparada y dividida lo que manifiesta públicamente, mantendré como hilo conductor esta “presencia” de Adolfo Suárez.
Este “talante” actual de gobernar ha distanciado y decepcionado a la mayoría de los verdaderos progresistas (socialdemócratas, centristas de izquierdas, liberal progresistas,…) del actual socialismo español, cuyo reciente pasado moderado, realista y posibilista, en definitiva socialdemócrata de tipo nórdico, germano y centro-europeo, se ha transformado en puro tactismo electoral, imprevisible, aliado a nacionalismos radicales e independentistas y comunistas ácratas reconvertidos, sin rumbo, que recuerdan etapas anacrónicas ya superadas.
Zapatero lo verá adecuado, pero volviendo a Machado: “Mi ojo no es ojo porque tu lo veas; es ojo porque te ve”.
Tal vez con nostalgia cito los versos que, en la excelente película “Esplendor en la hierba”, se recitan del poeta Worsworsd: “Aunque nada pueda devolvernos los días de esplendor en la hierba y de la gloria en las flores, no debemos apenarnos; al contrario, tenemos que buscar ánimos en el recuerdo”.
Y finalizo, con el homenaje: Presidente Suárez: ¿Qué debe hacerse?, ¿Cómo lo harías?
Adolfo Suárez González. Una visión personal
Autor: Geromín. Fuente original: Actualidad sociopolítica
Al cumplirse el trigésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas celebradas en España después de la Guerra Civil, emerge de nuevo a la actualidad la figura de Adolfo Suárez, aunque esta vez con un enfoque diferente a cuando le echaron de la Presidencia del Gobierno. Entonces todos los medios de comunicación, partidos políticos y organizaciones sociales, sin excepción, vertieron críticas acerbas e incluso insultantes para su persona, mientras que ahora todos son parabienes y reconocimientos a la tarea que llevó a cabo durante un periodo de la historia reciente de España.
Es repugnante contemplar como antiguos miembros de su propio partido, que le clavaron puñales por la espalda y le traicionaron de forma ignominiosa, ahora se deshacen en alabanzas a su persona (triste comportamiento de los políticos cuyo sentido de la dignidad brilla por su ausencia). Lamentablemente esto sucede cuando él se encuentra fuera de nuestra realidad.
Discrepando de ambas posturas, me tomo la libertad de puntualizar o corregir a los eminentes historiadores y escritores que han llenado páginas y páginas describiendo y analizando a este personaje.
Esta visión, que se expone a continuación, se basa en el conocimiento de la persona y del entorno sociocultural en el que se desarrolló su juventud, factores que considero explican y, en parte, justifican sus comportamientos posteriores.
En mi opinión, en la vida de Adolfo Suárez existen tres periodos claramente diferenciados, en los que el personaje se manifiesta de manera distinta. En el primero, que finaliza, aproximadamente, cuando cumple los 25 años, aparece el Adolfo joven, alegre y audaz, pero inmerso en un entorno social que no le acepta y con una situación familiar complicada. El segundo, comprende su fase ambiciosa, en la que subordina todos sus principios y actuaciones a la consecución del objetivo buscado, que no es otro que llegar a lo más alto del escalafón político, resarcirse de las privaciones sufridas en su juventud y demostrar al mundo quien es Adolfo Suárez. Esta etapa termina cuando cumple los 60 años. Y finalmente, el tercero, que nos lleva hasta el momento presente, en el que aparece un ser humano derrotado y decepcionado, que se ve sometido a una enorme tragedia personal, que, probablemente, su mente no ha podido soportar.
Vamos a exponer, de forma resumida, los hechos y circunstancias más significativas de cada periodo.
1.- Juventud y Penurias
Adolfo (me tomo la libertad de llamarle así) nació en Cebreros, en el seno de una familia de clase media, que pronto se trasladó a Ávila. Su padre, de procedencia gallega, Hipólito, conocido por "Polo", ejercía de Procurador de los Tribunales. Era persona bastante "alegre" y de costumbres un tanto "ligeras" para la época en la que vivió. De ideas republicanas, (perteneció al partido Acción Republicana) no fue represaliado después de la Guerra Civil, merced a los buenos oficios de sus compañeros de profesión. Pero esta circunstancia hizo que nunca fuera plenamente aceptado en esa sociedad católica de los años cuarenta, en especial en una ciudad como Ávila. Por el contrario, su madre, Dª Herminia, era la típica mujer callada, sufrida y trabajadora. Venía de una familia acomodada de Cebreros, donde, entre otros bienes, poseía una fábrica de anís (Anís González). Su padre había sido fusilado por los franquistas. Circunstancia similar a la de Rodríguez Zapatero, pero con la diferencia que Adolfo nunca hizo carrera de ello, ni le presentó a la opinión pública como un mártir de las libertades.
Fueron cinco hermanos (Adolfo, Hipólito, Carmen, Ricardo y José María). Curiosamente, tres de ellos (Adolfo, Ricardo y José Maria) salieron al padre, en su forma de ser y comportamiento, mientras que los otros dos (Hipólito y Carmen) eran parecidos a la madre.
Adolfo estudió el bachillerato en el Colegio San Juan de la Cruz, regido por la Iglesia y único privado que había en Ávila (donde iban los niños que eran de "buena familia" o aspiraban a serlo). Era mal estudiante y así lo testifican los profesores particulares que intentaron inculcarle las materias de los respectivos cursos. Siendo adulto, se vanagloriaba, en múltiples ocasiones, de no haber leído nunca un libro completo. El mismo Fernando Abril Martorell, le comentaba que los libros no transmiten enfermedades y suelen tener efectos beneficiosos.
Se matriculó, por libre, en la Facultad de Derecho de Salamanca, terminando la carrera en el año 1954, a trancas y barrancas, después de un peregrinaje por otras universidades, buscando los aprobados.
Desde muy joven tenía vocación de líder y como tal se comportaba en las pandillas juveniles que existían en la ciudad (era el jefe de los "comanches"). De trato agradable, con un carisma y un atractivo personal indiscutible. Estas cualidades le llevaron a ser Presidente de Acción Católica en Ávila, con tan solo veinte años de edad y con una formación religiosa bastante escasa.
La situación familiar, no muy boyante, desde el punto de vista económico, se vio agravada por la tendencia que tenía "Polo" a manejar el dinero que los clientes le entregaban, a cuenta, en la tramitación de los asuntos judiciales, para satisfacer sus aficiones en las mesas de juego. Esta circunstancia era de dominio público en los medios jurídicos abulenses, por lo que, a fin de evitar la apertura de un procedimiento judicial en su contra, por denuncia de algún afectado, y siguiendo los consejos de sus amigos, tomó la decisión de trasladarse a Madrid en el año 1955, dejando a la familia con serios problemas de supervivencia.
En este contexto nada favorable para Adolfo, aparece en Ávila, Amparo, hija de Ángel Illana, Coronel Jurídico del Ejército. Era una joven culta, muy católica y agraciada físicamente. Como todas las veraneantes que llegaban de Madrid para pasar el estío en Ávila, constituía un atractivo irresistible para los jóvenes universitarios abulenses que veían en ellas una posibilidad de entablar nuevas relaciones. Puede afirmarse que Amparo constituía lo que entonces se denominaba "un buen partido".
Adolfo, que para "ligar" era irresistible a las mujeres, entabló rápidamente una buena amistad con Amparo y en especial con su madre a la que se ganó para el resto de su vida. No sucedió lo mismo con el padre, que mantuvo una postura de rechazo hacia Adolfo hasta su muerte en el año 1972, ya que nunca aceptó el matrimonio de su hija.
Como se deduce de la lectura de estas líneas, la juventud de Adolfo fue bastante complicada y, en mi opinión, para una persona de sus características pudo inculcarle un sentimiento de revancha hacia la sociedad, que podría explicar algunas actuaciones posteriores.
2.- Ambición y Renuncias
En el año 1956, nombran a Fernando Herrero Tejedor, Gobernador Civil de Ávila, que resulta ser compañero de promoción de Ángel Illana. La madre de Amparo, teniendo en cuenta la situación económica y laboral en la que se encontraba Adolfo, pide a Herrero Tejedor le coloque en el Gobierno Civil en cualquier puesto, a lo que éste accede y Adolfo pasa a su Secretaría particular, para "chico de los recados". Lo mismo sube un café, que entretiene a las visitas en la antesala del despacho del Gobernador. Esta labor la lleva a cabo a plena satisfacción de su jefe, y de esta forma comienza una colaboración entre ambos que, al margen de los altibajos correspondientes, culminará con la llegada de Adolfo a la Vicesecretaría General del Movimiento.
En las distintas biografías que se han escrito sobre Adolfo, han aparecido muchos "personajillos" abulenses que se han atribuido el mérito de haber colocado a Adolfo con Fernando Herrero Tejedor, cuando la verdad es la que se expone en estas líneas.
A partir de este momento, Adolfo comienza una escalada política, que se caracteriza por una ambición desmedida, subordinando todas sus creencias y principios a la consecución del objetivo final.
En el terreno político tampoco fue aceptado de buen grado, ya que en esa época, la clase política provenía del Colegio de El Pilar u otro similar y Adolfo era un "desclasado", que encima se jactaba de despreciar la cultura.
En el año 1961, se casa con Amparo y experimenta unos cambios externos de personalidad muy significativos. Se acerca al Opus Dei, convirtiéndose en católico practicante, se obsesiona por adular a los que detentan el poder, alquila apartamento y chalet en los lugares en los que veraneaban Carrero Blanco y Alonso Vega (los jefes del cotarro), a cuyas esposas, como a la de Herrero Tejedor conquista para su causa y que a la postre resultaron ser sus valedoras en los momentos trascendentales de los ascensos políticos.
Sin entrar a detallar toda su trayectoria política, que puede consultarse en cualquier biografía, y alargaría en exceso este artículo, me centraré exclusivamente en su etapa como Presidente del Gobierno.
En mi opinión, y después de una fase inicial brillante en la que consiguió desmontar el entramado legal franquista de forma pacífica y preparar el terreno para la llegada de un nuevo sistema político, dio rienda suelta a su orgullo personal y creyéndose el "rey del mambo", se dejó llevar por sus ideas republicanas y de izquierdas (Santiago Carrillo llegó a afirmar que Adolfo era de los suyos), así como por el deseo de revancha para resarcirse de sus penurias y desprecios sufridos a lo largo de su vida y que, en parte, han quedado reflejados en este artículo.
Los errores más importantes que, desde mi punto de vista, cometió Adolfo, como Presidente de Gobierno, podemos resumirlos en los siguientes puntos:
a) Engaño al estamento militar
En el mes de enero de 1977, Adolfo mantuvo una reunión con los altos mandos militares en la que les explicó todo el proceso político que estaba en marcha. En el turno de intervenciones, le preguntaron por el partido comunista, y él dijo textualmente "les juro por mi honor que el partido comunista nunca será legalizado". Cuando se planteó la necesidad de proceder a esta legalización, sus asesores le aconsejaron celebrar una nueva reunión para explicar que las circunstancias habían cambiado y era necesario dar este paso. Esta propuesta fue descartada por Adolfo en base a que los militares deben plegarse al poder civil y no hay motivos para dar explicaciones. A partir de este momento, y de forma gratuita, se ganó su enemistad para el resto de su existencia.
b) No retirarse a tiempo
En el programa elaborado por Torcuato Fernández Miranda para llevar a cabo la Transición, se establecía que desmontado el régimen anterior, Adolfo abandonaría la Presidencia del Gobierno dando entrada a otro político de mayor calado. Esta condición había sido aceptada por el propio Adolfo, como así lo manifiesta Carmen Diez de Rivera en sus Memorias, y lo corrobora Luís Herrero en su libro "Los que le llamábamos Adolfo", pero él, llegado el momento, encumbrado por el éxito y apoyado en ese momento, de forma inexplicable, por la Corona, no se plegó a este plan y se presentó a las elecciones generales de junio de 1977, fecha a partir de la cual, comenzó su declive y posterior calvario político.
c) El Estado de las Autonomías
Los partidos políticos estaban de acuerdo en restablecer, en la nueva Constitución, la situación de España, en el momento de la sublevación militar. Es decir, aprobar unos Estatutos de Autonomía para Cataluña, el País Vasco y probablemente Galicia, sin modificar el resto de la estructura del Estado, y así lo pactó con Santiago Carrillo en la entrevista que ambos mantuvieron para planificar la entrada del partido comunista en el proceso de reforma. Adolfo fue más lejos y so protexto de no crear discriminaciones entre territorios y atendiendo las sugerencias del partido socialista, se inventó y alentó el Estado de las Autonomías, que dependiendo del día en que se trataba el tema, eran 15, 16 ó 18 las Comunidades Autónomas que aparecían sobre la mesa. No existía un plan prediseñado sobre la división territorial de España y así, al final, aparecieron comunidades como Cantabria, La Rioja o Murcia como en ningún momento habían figurado como tales. Evidentemente esta decisión terminó con el paro en la clase política y engordó hasta la saciedad los cargos públicos que viven a costa del presupuesto nacional, pero abrió un proceso, cuyo final, en la actualidad, sigue siendo impredecible. Y para mayor abundamiento no agradó a los partidos nacionalistas, sino más bien al contrario les impulsó a incrementar sus demandas. Si hubiese leído el discurso que pronunció José Ortega y Gasset en el Parlamento español, el año 1932, sobre el Estatuto de Cataluña, habría comprendido que su postura era totalmente errónea.
d) Enfrentamiento con la Corona
Aprobada la Constitución Española y sin imperativo legal, convoca nuevas elecciones para el 1º de marzo de 1979 a fin de satisfacer su ego personal y aparecer como el primer Presidente constitucional de España, quedando así desligado completamente de la Monarquía. Adolfo sabía que su candidatura a la Presidencia del Gobierno había sido una apuesta personal de Torcuato Fernández Miranda, ya que el Rey tenía una lista (Fraga, Areilza, Silva López Bravo, etc.) en la que Adolfo estaba en último lugar, pero aceptó nombrar a Adolfo con la condición de su renuncia en el momento indicado.
Como es bien sabido, las elecciones las vuelve a ganar y a partir de ese momento comienza un distanciamiento de la Corona con el fin de asumir, de forma exclusiva, el protagonismo de la Transición (llegó a maquinar para ser propuesto al Premio Nóbel de la Paz del año 1978). Esta postura, que, al día de hoy, es perfectamente comprensible, no resultaba aconsejable en ese momento y supuso el principio del fin de su carrera política.
Adolfo se quejaba, frecuentemente, del "borboneo" al que le tenía sometido el Rey, En esa época, el poder de la monarquía era muy considerable y Adolfo no valoró bien sus posibilidades. En estas circunstancias, el entorno de la Casa Real puso en marcha una campaña de acoso y derribo, movilizando todos los medios a su alcance (políticos, económicos, militares y católicos) para separar a Adolfo Suárez de la Presidencia del Gobierno.
Desde el año 1979, fecha en que toma esta decisión, hasta que se produce su cese en el año 1981, aguanta todo tipo de traiciones, calumnias, conjuras, etc.
Adolfo era consciente de estos movimientos y así se lo hizo saber a Fernando Álvarez de Miranda en una entrevista que mantuvo con él, un mes antes de su cese, llegándole a decir que conocía la propuesta que se barajaba de sustituirle por el General Armada, pero que a él le sacarían de La Moncloa con los pies por delante.
e) Política exterior tercermundista
Fiel a sus ideas políticas y desoyendo las opiniones y consejos de sus asesores, mantuvo una política exterior tercermundista. Era enemigo de la entrada en la OTAN y así lo manifestó en reiteradas ocasiones, la última a Felipe González, cuando éste, siendo Presidente del Gobierno, le pidió colaboración para la campaña a favor de la entrada de España en esta organización y Adolfo se negó. En el conflicto de Oriente Medio se decantó por los palestinos, llegando a entrevistarse con Yaser Arafat, lo que motivó el rechazo del pueblo judío. Defendía el régimen dictatorial de Fidel Castro y asistía a las reuniones de los Países No Alineados. En resumidas cuentas un auténtico desastre en el campo diplomático.
f) Enfrentamiento con la Iglesia y el Capital
Promovió la Ley del Divorcio, que si bien era necesaria, debería haberla tramitado de forma consensuada y probablemente sin tanta urgencia. Al año de su aprobación, solamente 12.000 parejas habían solicitado el divorcio, de las que un porcentaje elevado llevaría viviendo separados bastante tiempo. Es curioso comprobar que una persona como Adolfo que había coqueteado con el Opus Dei y presumido de un catolicismo arraigado durante su etapa de ascenso, cuando llega al poder promueva esta Ley y de la forma en que lo hizo. Esta circunstancia le supuso una seria crisis matrimonial, dadas las creencias de Amparo.
Igualmente, y de forma gratuita, se enfrentó con la gran banca, presumiendo en foros públicos que él los pondría a raya y terminaría con las ganancias abusivas. Publicó las listas de los contribuyentes en el IRPF lo que soliviantó todavía más a las grandes fortunas.
g) Falta de autoridad en el seno de la UCD
En el año 1977, cuando Adolfo decide presentarse a las elecciones generales, constituye en torno a su figura, una coalición de "partidillos", que no representaban a nadie, pero que sirvió para dar contenido a una oferta electoral. Esta coalición ganó dos convocatorias electorales y desató a los "barones" del partido que se creyeron verdaderos líderes políticos, lo que dio lugar a que UCD se convirtiera en un "gallinero" con muchos gallos. Esta situación se agravó cuando llegó la orden de acoso y derribo procedente de la Casa Real.
Adolfo, aunque parezca mentira, no tuvo el valor y la capacidad política necesaria para imponer una disciplina interna férrea y que cada miembro asumiese sus cometidos y responsabilidades. Por el contrario, se refugió en La Moncloa y se dedicó a jugar interminables partidas de mus con sus amigos más íntimos.
Este cúmulo de despropósitos puso en bandeja al Rey la solución del contencioso que mantenía con Adolfo, por lo que, el 22 de enero de 1981, y dada la situación en la que se encontraba el país, le pidió su dimisión.
Adolfo, probablemente cansado de luchar contra los elementos, encontrándose solo, enfrentado a todos, incluso a los de su propio partido, conociendo la existencia de un plan alternativo (solución Armada) y con el señuelo del Ducado de Suárez, que satisfacía, en parte, su orgullo personal, aceptó la propuesta y dejó la Presidencia del Gobierno.
Después de unas vacaciones, y una aventura empresarial no muy exitosa, intentó regresar a la política, fundando un nuevo partido, el Centro Democrático y Social (CDS), con la finalidad de convertirse en un partido bisagra que tuviese poder de decisión, entre los dos grandes partidos que se perfilaban. Después de unos éxitos iniciales, pero efímeros, el proyecto no cuajó y, curiosamente, próximo a cumplir los 60 años, en el año 1991, decidió abandonar la política.
3.- Decepción y Tragedia
Esta nueva fase de su vida se caracteriza por la reaparición del ser humano, desprovisto de ambiciones, decepcionado por los acontecimientos y por el comportamiento de las personas.
Cuando se encontraba en una fase de relajación y de reencuentro con la familia, a su hija predilecta, Mariam, que fue la única que le había arropado en los momentos difíciles, se la detecta, en el año 1993, un cáncer de mama, estando embarazada de tres meses. En contra de la opinión de los especialistas, no consiente someterse a ningún tratamiento, pues sus creencias católicas la impiden poner en riesgo la vida del feto. Este tiempo perdido, parece ser, fue decisivo para la evolución de la enfermedad, que después de mantener una lucha titánica contra ella, termina con su vida en el año 2004, cuando ya su padre no es consciente del fallecimiento.
La situación se le complica aun mas, cuando, al año siguiente, en 1994, a Amparo se la detecta la misma enfermedad, pero todavía más agresiva, pues fallece en el año 2001, después de una penosa evolución.
Los diez años transcurridos entre 1992 y 2002, fueron muy duros para Adolfo y estuvieron dedicados, íntegramente, a su familia y a intentar salvar la vida de sus seres queridos. Su vida transcurría en las clínicas, pendiente de los resultados de las pruebas, de los tratamientos aplicados y de las operaciones a las que se sometían Mariam y Amparo.
Como las desgracias nunca vienen solas, reaparecieron problemas económicos que parecían ya olvidados y que le obligaron a desprenderse de parte de su patrimonio y a verse implicado en procesos judiciales que pudieron manchar su imagen.
Fueron tiempos de homenajes, premios, condecoraciones, etc. que no compensaban, en absoluto, el dolor y la tristeza que le invadía.
En mi opinión, estas trágicas circunstancias, junto con un abatimiento personal por el desencanto político, fueron los desencadenantes de su enfermedad mental.
En el año 2003, se le detectó un problema cerebral, incipiente pero degenerativo, que al final le ha llevado a la situación actual, en la que no es consciente de la realidad en la que vive.
Durante un tiempo, ha estado al cuidado de Maria Elena, la "tata" de toda la vida, pero que también falleció. En la actualidad, es su hija, Laura, curiosamente la más despegada de la familia, ya que había permanecido largas temporadas en Londres, la que, con ayuda de personal especializado, se encarga de su cuidado y parece ser le han devuelto a una situación menos lastimosa que la que tenía.
Recientemente, a su otra hija, Sonsoles, se le ha diagnostico otro tumor similar al de su madre y hermana del que parece ser podrá recuperarse.
No quisiera terminar este artículo sin resaltar el "comportamiento" de su hijo, Adolfo Suárez Illana "Junior", que erigido en portavoz de la familia, intenta estar presente en todos los foros en los que se habla de su padre, para rentabilizar su figura en beneficio propio.
A pesar de este "afecto" filial, no dudó en presentarle, públicamente, en un mitin durante la campaña de las elecciones autonómicas del año 2003 para conseguir algún voto, cuando ya estaba afectado por la enfermedad. Este desatino, permitió que el pueblo español comprobara de forma directa el triste estado en que se encontraba el que fue Presidente del Gobierno de España en una etapa trascendental para su historia.
Como resumen de lo expuesto, podría afirmarse que la vida de Adolfo Suárez, a pesar de las apariencias, no ha sido precisamente un camino de rosas sino más bien todo lo contrario. Sufrió en su juventud, a causa de la situación familiar. Sufrió en su madurez, por los acontecimientos que han quedado reseñados, con el agravante de la existencia de un problema dental que le daba muchos dolores de cabeza y le impedía saborear el placer de la comida. Solamente disfrutó del triunfo en un breve periodo de su existencia, pero creo que el mismo fue consciente, a posteriori, que no había merecido la pena renunciar a tantas cosas (principios, familia, dignidad, ideales, etc.) para conseguir el objetivo marcado.
Era un excelente comunicador, un cautivador nato y un buen amigo de sus amigos, como lo demostró en numerosas ocasiones. Podría relatar numerosas anécdotas que ratifican esta afirmación.
En mi opinión, el orgullo, la falta de formación y puede que el deseo de revancha, le vencieron en aquellos momentos en los que debía haber actuado con una mayor prudencia y con un mayor sentido de Estado.
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